Que ya no haya personas como tú no implica que alguien te desee

¿Cuántas veces han escuchado la frase “ya no hay personas como tú”? ¿Cuántas veces la han dicho? Esa frase que se utiliza para reconocer la singularidad de alguien. Cuando quedamos sorprendidos ante su forma de ser y hacemos un mapeo rápido en nuestros recuerdos sólo para darnos cuenta que no hay nadie como la persona que tenemos enfrente, nos maravillamos de lo única que es  y le reconocemos su particularidad, abrimos bien los ojos y lanzamos esa frase “ya no hay personas como tú”, aunque, ser únicos e irrepetibles no conlleva el deseo de otros hacia nosotros, y la singularidad se puede dar en distinciones, rarezas y excentricidades, palabras que, quizá sean sinónimos, pero se aplican en contextos diferentes.

La gente no se enamora de lo que distingue a una persona, de hecho, si hacemos memoria, nos daremos cuenta que nuestras selecciones afectuosas a lo largo de nuestra vida tienen muchas similitudes en contraste con las diferencias, en otras palabras, usamos ‘moldes’ para escoger pareja. Si no encuentran la relación les invito a que hagan una búsqueda más avanzada: razgos como los ojos, el cuerpo, la altura, el tono de piel, su raza; incluso lugares como la escuela, la colonia, el antro o un museo; o también talentos como la poesía, la música, el baile, el deporte, el teatro. ¡Hay muchos más! Pero la idea es que nosotros mismos hacemos una receta de características que nos pueden agradar en las personas que llegamos a conocer; la singularidad por sí sola no tiene nada que ver.

Podemos ser grandes caballeros o damiselas, pero habrá a quien le guste lo rebelde y fuera de la caja; podemos ser poetas o músicos, pero habrá a quien no le gusten las letras o no entienda de notas musicales; podemos ser únicos e irrepetibles, pero habrá a quienes no les importe porque fueron adoctrinados por los estereotipos de belleza de Walt Disney. Aquí no importa si te destacas de entre el montón, simplemente esa distinción está fuera de la mesa.

¿Por qué ser únicos?

Ser únicos nos hace interesantes, hace que los demás quieran estar junto a nosotros; un momento a lado de alguien especial es una bocanada de aire fresco cuando todo lo que respirabas estaba contaminado. Ser únicos nos hace especiales, atrae amistades que admiran y reconocen nuestra idiosincrasia, y nos permite a nosotros mismos conocer personas excepcionales. Ser únicos nos hace abrir los ojos ante una sociedad diseñada para funcionar de forma cuadrada, predecible y mecánica, nos hace romper paradigmas y a estar inconformes para crear nuevas cosas que no han sido probadas, nos hace inventores y fieles partícipes del intelecto y cultura colectivos; ingenieros de la vida y arquitectos del mundo.

Y aún así hay esperanzas de que alguien volteé a vernos, porque en la infinidad de moldes que existen o de recetas que se escriben con miles de características específicas, siempre habrá un lugar idóneo donde quepa nuestra excentricidad, rareza o distinción, ya que en esta vida siempre habrá locos y locas que encuentren nuestras diferencias atractivas.

Antes de buscar la singularidad, ¡busca ser auténtico! Si buscas ser auténtico, la singularidad viene por añadidura; si buscas primero ser único, encontrarás tu misión imposible o seguirás los pasos y sombra de alguien que quizá sí fue auténtico. Que ya no haya personas como tú no implica que alguien te desee, pero cuando alguien lo hace, encuentra exquisito su descubrimiento y se queda a tu lado para siempre.

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